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No te lo puedes perder

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Ángel Gutiérrez

Responsable de Producción

75 empleados a cargo

14 años en un cargo directivo

1 hijo


El primer día en el que llegamos a la charla de preparación al parto y me encontré, solo, rodeado de una docena de futuras madres, empecé a valorar la importancia de compartir e implicarme, desde el principio, en la llegada a este mundo de nuestro hijo.

Escuchar y ver reflejado, como en un espejo, las mismas sensaciones, temores y vivencias de las distintas madres a lo largo de la gestación, ponía de manifiesto que, sin lugar a dudas, algo mágico estaba sucediendo. Comencé a percibir que, realmente, la llegada de un hijo te va a cambiar la vida por completo, desde el primer instante.

El tiempo pasa muy rápido y, echando la vista atrás, te das cuenta de la relevancia que tiene el poder disfrutar de los pequeños hitos, que pasan y no volverán. Desde la primera vez que escuchas el palpitar de su corazón cuando está empezando su andadura, pasando por sus primeras llamadas de atención dentro aún de la barriga de la madre, hasta el primer abrazo conjunto de los tres, tras sus primeras bocanadas de aire. Serían innumerables, la cantidad de vivencias acaecidas y, en cualquier caso, imperdonable el pasar “de puntillas” por ese periodo. NO ME LO PODÍA PERDER.

Cuando llegamos los tres a casa, tras el paso por el hospital, me di cuenta de la importancia de mi presencia en esos primeros días, caóticos y, a la vez, maravillosos. Como apoyo esencial de la madre, sobre la que recae una ingente carga física y psicológica, como actor fundamental en la adaptación del bebé a su nuevo entorno, además de como comodín en la realización de trámites burocráticos y tareas diversas. Y no sólo en los días iniciales, sino también a lo largo de los primeros meses, donde se multiplican los quehaceres y donde toda ayuda que descargue y libere a la madre de la atención continua al bebé es bienvenida. Si compartir las tareas domésticas era un eje básico de la convivencia como pareja, al convertirnos en padres este pilar todavía resulta más necesario. Y no sólo compartir las tareas sino, fundamentalmente, atender y cuidar juntos de nuestro hijo. Me considero afortunado de poder consolarle por las noches, tratar de entender sus demandas, acompañarle al pediatra, jugar, pasear juntos… En definitiva, estar ahí.

Fui educado dentro del entorno de una familia clásica, donde mi padre participaba de una manera muy colateral en las tareas domésticas, limitándose su rol a la resolución de problemas puntuales, un enchufe por aquí, una mano de pintura por allá, y no en la parte más cotidiana, que recaía sobre los hombros de mi madre. Recuerdo los días en los que, después de llegar ella misma también de trabajar, se encontraba con un montón de tareas por realizar, lo que le suponían una prolongación de su jornada laboral, pero esta vez en casa. Tengo la imagen de verla, después de cenar, colgando la ropa recién lavada o planchando. Quizás porque, desde el inicio, nuestra madre nos inculcó la necesidad de ayudar en casa (somos cuatro hermanos varones) y el reparto de las labores domésticas (todos los sábados por la mañana pasar la bayeta del polvo, limpiar los cristales, sacar las alfombras para sacudirlas o los domingos dar un repaso a los zapatos…), tengo totalmente interiorizado que es necesario repartirse las tareas y este es el modelo que intentaré transmitir a mi hijo.

Como padre considero fundamental involucrarse tempranamente en la educación del niño, así como “estar presente” y poder acompañarle en su desarrollo. A veces, nos esforzamos por educar a nuestros hijos en valores como el respeto por el medio ambiente, la tolerancia o la solidaridad, que, sin duda, son esenciales, pero no prestamos atención a hechos simples, como que el reparto de las tareas domésticas también forma parte de su educación. Y qué mejor manera de educar que con el propio ejemplo; el hecho de que los padres compartan las labores y tareas familiares creo que constituye el mejor modelo para nuestros hijos.

Me sorprende cuando escucho que las nuevas generaciones muestran actitudes machistas, sexistas, de acoso, donde jóvenes actúan de manera vejatoria o intimidatoria con sus parejas o sus compañeros, sin el respeto necesario, donde las redes sociales actúan como herramienta de este acoso, en vez de servir como nexo de unión y comunicación entre sus participantes, situaciones que debieran formar parte del pasado. Esto implica un retroceso en la sociedad, cuando el camino a seguir debiera ser el contrario, vivir en una sociedad donde la igualdad y el respeto en todos los ámbitos fuera la norma. En mi opinión, las generaciones futuras deben avanzar en esta dirección y es responsabilidad de todos: instituciones públicas, empresas privadas (tengo la suerte de estar en una empresa alineada con la conciliación), educadores, padres... los que debemos de allanar el camino y crear los cimientos, con nuestro ejemplo, de una sociedad de iguales, solidaria e integradora, donde el equilibrio entre trabajo y familia, la convivencia entre nuestros mayores y los jóvenes del futuro o la integración plena y con garantías de los más desfavorecidos sea una realidad.

Con este pequeño testimonio animo a los actuales y futuros padres a afrontar la paternidad con una óptica distinta, viendo la oportunidad que se nos brinda ante nuestros ojos, y que no podemos dejar pasar. Desde luego, NO TE LO PUEDES PERDER…

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