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Nuestro peor enemigo

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Víctor Suay

5 empleados a cargo

16 años en un cargo directivo

3 hijo


Hace unos días estuve viendo una película en la que el protagonista, un antiguo ballenero, pasaba dos años fuera de casa, embarcado, mientras su mujer daba a luz a su primer hijo.

Cuando pensé en este escrito, me vino a la memoria esta situación, como ejemplo extremo de lo que sería la “anticonciliación”.

Si bien es cierto que hoy en día estos casos son inexistentes o al menos muy minoritarios, la cuestión es que por lo que pensé en esta situación es porque cuando, en la película, la mujer le pregunta al marido que por qué debe abandonarla justo cuando está próximo el nacimiento de su primer hijo, él le responde “porque es lo único que sé hacer”.

En el extremo opuesto estaría el padre que renuncia a su trabajo por quedarse con su familia, pero no nos equivoquemos, esto no sería conciliación, ya que en este caso no hay trabajo a desempeñar.

Como para la gran mayoría de las cosas, la clave de la conciliación es el término medio y lo complicado, por supuesto, es poder alcanzarlo.

En mi caso, os puedo decir que no he sido capaz de alcanzar ese término medio ideal pero, al mismo tiempo, sí me considero conciliado.

¿Cómo se explica esto, pues? Trabajo como jefe de estudios. La cuestión es que mi trabajo en ocasiones impone el que una determinada tarea deba finalizarse con urgencia en un determinado momento o bien surge un imprevisto, como la sustitución repentina de un profesor, al que hay que dar solución. Esto conlleva el que quizá el horario habitual se deba alargar.

Por contrapartida, la flexibilidad horaria también se aplica en el sentido opuesto, con lo que puedo disfrutar de tiempo libre cuando asuntos familiares lo requieran.

No sé si una situación mucho más estable, en la que no se produjeran picos de trabajo, facilitaría más la conciliación o no.

Lo cierto es que, a fin de cuentas, la sensación global es buena o, dicho de otra forma, a mí me vale.

¿Quién es el responsable de la falta de conciliación? Lo más habitual es echarle la culpa a la empresa, que nos marca horarios y responsabilidades que limitan nuestra libertad de tiempo libre. Pero en muchas ocasiones, como confieso que es mi caso, somos nosotros mismos los que nos imponemos esos horarios y responsabilidades.

La buena intención y responsabilidad hacia el trabajo tiene el peligro de hacernos creer que somos los únicos o los mejores para unas determinadas tareas, cuando con seguridad hay muchas otras personas en nuestra empresa que pueden hacerlo igual o mejor que nosotros, y a los que nos cuesta trasladar parte del trabajo. Bien por codicia profesional o bien por no saber delegar correctamente, nos podemos sobrecargar y ser nuestro peor enemigo frente a la conciliación familiar.

En mi caso, sólo hay un método que funciona para contrarrestar lo anterior. Parar, desconectar unos minutos y volver a considerar.

También es importante darse cuenta del problema, para poder abordarlo, porque muchas veces estamos tan metidos en ello que la propia inercia nos hace seguir trabajando como si no hubiera un mañana y ese “parar y desconectar” que nombraba nos parece inviable.

¿De verdad tengo que hacer esto yo y tengo que hacerlo ahora? Quizá esa sería la pregunta que nos deberíamos hacer cada vez que nos quedamos más tarde en el trabajo y llegamos a casa sin poder haber pasado un rato con los niños o cenar tranquilamente con nuestra pareja.

Evidentemente la conciliación o, mejor dicho, la forma de conciliar va muy ligada al puesto que ocupamos ya que si bien es cierto lo anterior, para un puesto directivo, muy probablemente no lo sea para un puesto de producción o para aquellos que se ciñan a horarios estrictos como, por ejemplo, atención al público.

Si me atreviera a dar algún consejo sobre cómo mejorar la conciliación, lo único que diría es que intentemos aplicar un poco la lógica. ¿Por qué trabajamos? No lo hacemos por amor al trabajo o por disfrutar de la compañía de nuestros colegas; eso como mucho serían efectos colaterales. Trabajamos por poder mantenernos a nosotros o a nuestra familia con lo que, si el principal objetivo de trabajar tiene en el punto de mira a nuestra persona o a los nuestros y precisamente eso es lo que estamos perjudicando, algo debemos estar haciendo mal, ¿no?

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